Criada (2019) o la aporofobia en la tierra de los sueños

 

Hace unas semanas vi una miniserie de Netflix que, en la traducción para Latinoamérica, se titula Las cosas por limpiar. Esta serie sigue la vida de Alex Turner, una mujer en sus veintes que, luego de soportar violencia psicológica, emocional y patrimonial por parte del padre de su hija, decide dejarlo. Con apenas unos dólares en su cuenta y sin otro patrimonio que su camioneta Subaru, acude a diversos programas de asistencia social y, en ausencia de un título universitario ni ninguna otra habilidad especial (consecuencia, también, del tiempo que pasó con su abusador), comienza a trabajar como trabajadora del hogar para una empresa que paga apenas el mínimo. 
Fuente: Netflix

La historia de esta serie me pareció tan conmovedora que quise saber más. Eso me llevó al libro Maid: maid hard work low pay and a mother's will to survive (2019) de Stephanie Land, que fue la historia en que se basaron para la serie. Y es este libro del que quiero hablar hoy.

Maid es un texto de no ficción en el que Land narra las dificultades en que se vio después de que decidiera salir de la relación abusiva en que se encontraba cuando vivía con el papá de su hija. Esto la llevó a solicitar ayuda de diversos programas sociales (Stephanie menciona que en algún momento recibió ayuda de siete programas de asistencia social). Dentro de la que yo considero una historia de resiliencia y empoderamiento, se tocan diversos temas de los que urge hablar: la aporofobia de la clase media (que, muchas veces, se encuentran más cerca de los homeless que de Elon Musk), la burocracia gubernamental que estigmatiza a los pobres, la violencia de género y la importancia de contar con una red de apoyo para salir adelante. 

Stephanie Land utilizaba cupones para comprar comida. “Que te aproveche”, escuchaba a menudo. Estos comentarios venían de gente molesta porque esos cupones se pagan con sus impuestos. A decir de Land, no sabía si esperaban un agradecimiento, pero la hacían sentir juzgada, como si ella mereciera vivir en la pobreza, dependiendo de la caridad y del gobierno. Y es que las anécdotas que cuenta Land acerca de la opinión de la clase media sobre la asistencia social no son más que el reflejo de una sociedad clasista que considera que las personas sin hogar terminaron en esa situación por sus malas decisiones, ignorando por completo las fallas en el sistema y las diferencias individuales que hay detrás de una persona sin hogar. 

No me sorprendió leer que el gobierno mismo perpetúa estos estigmas al solicitar exámenes de orina y programar visitas sorpresa en los domicilios de las personas a las que se les brindaba apoyo de vivienda. Por si esto no fuera suficiente, el gobierno de los Estados Unidos, según cuenta Land, restringía el tipo de alimentos que podía comprar con cupones, bajo la consigna de que se alimentaran sanamente y prevenir la diabetes y la obesidad. Esto, como bien señala Stephanie, se contradice con otras medidas, como cuando dejó de ser costeable para el gobierno permitir que se usaran los cupones para comprar leche entera y, en cambio, se sustituyó por producto lácteo (que contiene azúcares añadidos y de sano no tiene nada). Sin embargo, sería injusto decir que esta percepción de la asistencia gubernamental es exclusiva de los Estados Unidos (pero sí creo que es más intensa y agresiva en dicho país); basta con ver las opiniones que algunos mexicanos (especialmente los de clase media y, por supuesto, de derecha) tienen sobre programas como Jóvenes construyendo el futuro o las becas para nivel básico; inclusive las becas Conacyt han sido objeto de escrutinio (a mí misma me tocó ser víctima de un comentario del tipo “en eso se van mis impuestos” cuando realizaba una investigación para una clase de mi posgrado). En ese sentido, creo que el libro de Land no solo invita a empatizar con las personas en situación vulnerable, sino a reflexionar y repensar las políticas de asistencia social. Sin duda, una política de hacer el bien sin mirar a quién es urgente. Como bien dice Land: es increíble la cantidad de papeles que se necesitan para acreditar que uno es pobre (y que lo sigue siendo).

No quisiera terminar esta reseña sin mencionar lo inspiradora y esperanzadora que es la historia de Land al ser una sobreviviente de violencia de género. Stephanie se encontraba prácticamente sola cuando estuvo emocionalmente (pero no económicamente) lista para salir del círculo de violencia en que se encontraba. Su madre estaba lejos y su padre, que sí vivía en el mismo pueblo, le dio la espalda y la revictimizó (más aún, le hizo gaslighting). Las pocas amistades que tenía las fue alejando, principalmente por la vergüenza que sentía de estar en una situación que ella consideraba tan penosa. No obstante estas dificultades, Stephanie fue re-construyendo una red de apoyo (quizás no tan fuerte, pero sí suficiente) para salir adelante; esta red estuvo conformada por sus jefas directas, compañeras de trabajo e, inclusive, por uno que otro de sus empleadores. Aun si el lazo que tenía con sus empleadoras no era tan fuerte, Stephanie deja entrever la comprensión y contención que le brindaron algunos de ellos en sus momentos de necesidad.

Por último, Maid es un libro que también habla de las experiencia de Stephanie Land en las casas que limpiaba. Estas partes (que se encuentran a lo largo de todo el libro) despliegan una creatividad y un sentido del humor brillantes. Land reconstruye e imagina la vida de sus clientes a partir de las cosas que limpia, de los hábitos que se pueden adivinar por la mancha de café en la encimera o por la toalla tirada en el piso del baño. La autora le otorga un nombre a cada casa, en función de lo que evocan: la casa triste, la casa porno, la casa del chef, etc. Por supuesto que no todo es color de rosa y Land es muy honesta con los sentimientos desagradables que le generaba tener que limpiar la suciedad de otros (y creo que cuando hablamos de trabajadoras del hogar este es un tema que a menudo se deja de lado en pos de otros de más urgencia, como un salario justo y prestaciones) y no recibir un pago lo suficientemente justo. Pero, con todo, Land logra impregnar de un tono alegre, a veces irónico, a sus vivencias durante ese periodo de su vida.

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